lunes, 16 de diciembre de 2013
Amores de papel.
Escribo acerca de amores, en el papel no perecen.
Los amores son eternos en estas hojas. Son inimaginables para el lector, pero para el escritor son las fantasías de los mismos.
El amor no perece, solo se roe en aquellas hojas producto del tiempo, pero siempre permanece. Las puntas se doblan como a veces se dobla la confianza que se rompe en ciertos casos. Se arrancan paginas como quien reemplaza amores de cierto tiempo por unos completamente nuevos.
El amor se mancha, como la tinta se corre producto del agua; se mancha con los errores, pero se fortalece de los mismos. Dime tú si al ver un libro casi tan frágil como una porcelana, no lo valoras más, no lo cuidas más, no lo proteges más.
El amor es contradictorio, el amor es una agonía llevadera con el pasar de los tiempos, pero también el mismo es necesario como el descanso en las noches, por que el amor es eso, descanso, un relevo que da la vida para el tiempo de los sueños.
©
domingo, 1 de diciembre de 2013
El interior del túnel
Yo estaba sorprendido de ver como la mujer de blanco introducía a los demás pasajeros en el oscuro túnel, yo tenía tantas preguntas que aunque sabía que iba a quedar solo en duda, mis incertidumbres debían ser resueltas.
En medio del caos encontré una salida de aquel vagón que había sido el lugar de descanso de mis acompañantes, de tortura para mí y por ende de alegría para la mujer de blanco, Salí de la manera más discreta que me fue posible, pero nadie notó mi ausencia, pues estaban muy ocupados maldiciendo o llorando.
Una vez afuera me dirigí hacia la boca del túnel donde vi por última vez al comandante, el granjero, el obispo, el cirujano, la mujer de blanco y los demás pasajeros de los diferentes vagones. Me paré en medio de las vías del tren y mire fijamente el túnel, yo sabía que ahí dentro estaban las personas que podían responder mis preguntas.
Estuve mucho tiempo de pie en un mismo sitio que me sorprendí yo mismo de lo mucho que aguantaron mis piernas, las que hace un momento no podían sostenerse solas ni por un segundo.
Me consumía la duda, después de todo mi madrastra tenía la razón no debí subirme en este tren, habría sido una gran decisión, pero quién me garantizaba que la mujer de blanco no me estaba esperando a mí en específico, si era así -¿Por qué yo seguía ileso?-.
Muchas cosas ya estaban claras pero había muchas otras que aun necesitaban una respuesta. Ya sabía quién era la mujer de blanco pero cuáles fueron sus propósitos al contarme esas escalofriantes historias, debía resolver esas dudas que me consumían. Pero yo seguía ahí parado como una estatua sin hacer nada.
Lo dudé por un momento, pero me armé de valor y antes de darme cuenta estaba en el interior del túnel, era escalofriante estar entre las vías. Estaba tan solitario como siempre, pero en este momento me sentía verdaderamente solo. Toda mi vida lo estuve pero en este momento, quizás, por los alaridos de las almas que aún no habían partido y gritaban y se quejaban, aún se percibían sus presencias, pero sin embargo, me sentía solo, desamparado. En la lejanía un vestido blanco empezaba a acercarse, a continuación del eco del sonido de sus tacones, era ella.
Mi cuerpo se congelo, no podía moverme, no sentía nada, mi mente estaba en blanco. ¿Qué hago aquí?, porque no obedecí a mi madrastra, maldita sea la hora en la que me subí en este tren, maldita la hora en la cual aquella mujer se sentó a mi lado y me conto tan atroces historias.
Se acercaba y se acercaba, mi corazón, a continuación de cada sonido de sus pisadas se aceleraba, cada vez más rápido, sudaba, me hallaba solo, desvanecido en un tiempo y en un espacio en el cual no era coherente nada de lo que estaba pasando. No recuerdo ni el más mínimo detalle del accidente, no recuerdo en que finalizo la mujer de blanco, solo recuerdo sus historias de rencor, envidia, ira, y eso me aterrorizaba de mayor magnitud, debido a que ella sabía que eso sentía en este momento, rencor por todas esas muertes, envidia de aquellas personas que quizás no abordaron un tren porque sus madrastras les dijeron que no lo hicieran y yo no obedecí y en este momento ellos están bien y sin tan escalofriantes historias en sus mentes, y por ultimo ira, ira de saber que aquí y ahora, me encuentro, frente a ella, con esta rabia que me consume, ¿Por qué yo?, ¿No podía ser el coronel?, ¿O el medico?, es ridículo todo lo que está sucediendo.
-Hola Robert-. Su voz, no la recordaba, vaya, que voy tan fría.
-¿Qué quiere de mí?-. Le dije, intentando que mi desesperación no se apoderara de mi tono de voz ni de mis palabras.
-Quiero contarte una historia-. Me dijo, con una leve sonrisa en su rostro.
-¡No más historias!- Grité, el eco ahuyentó cualquier otro sonido dentro del tunel.
-Una última historia quiero contarte-. Me dijo, continuando después de unos segundos con un suspiro y diciendo mi nombre. –Robert. La historia de Robert, un niño en un tren, fuera de su destino-.
Mi mente se nublo, ella sabía que no debí haber subido en él, ella sabía que mi madrastra no quería que subiera, todo estaba calculado en cuanto a ella. Aun así, por qué yo.
Por qué estaba aquí con ella, quien es y por qué esta tan interesada en contarme historias. Mis pensamientos se vieron interrumpidos por su voz.
-Robert, Robert, Robert, mi querido y pequeño Robert-. Dijo con un tono de negación.
-¿Qué hice para que me haga esto?-. Dije.
-¿Recuerdas cuantas cosas pensabas de tu madrastra, como la evadías, como te fastidiaba, como querías ir a Londres para no soportarla más?, frustre tus planes, ¿Verdad? Lo siento Robert, pero tu historia aun no comienza-. Dijo mirándome directamente al alma como si descifrara mis más oscuros sentimientos.
-Aquí estoy Robert, para hacer tú vida miserable, verdaderamente miserable, no como tu lo creías que era, simplemente por alguien que se preocupaba por ti sin medida alguna-. No podía digerir lo que me decía, quería salir corriendo pero su mirada me lo impedia.
-Recuerda al comandante, el granjero, el obispo y el cirujano. Grandes personas, ¿No es así? Pues no tanto para tu información. El granjero había sido espectador de la muerte de su esposa, asesinada brutalmente por un asesino en su pequeña granja, quien era un ex esposo de ella, pero que jamás había logrado olvidarla, y cuando se enteró de que estaba en la ciudad planeo su venganza y fue por ella y la mato, mientras el granjero estaba recogiendo la cosecha, llego a tiempo para ver como el cuerpo de su esposa yacía en el suelo junto al de el quien se había quitado la vida junto a ella, cumpliendo el “Hasta que la muerte nos separe”. Después de este suceso, el viudo granjero se convirtió en un alcohólico que lo perdió todo bebiendo, y en donde…- Se detuvo, me asuste, pensé que la había enojado el hecho de que baje por un momento mi mirada, después de mis pensamientos siguió con un suspiro que tenía un tono como de recuerdos. -¿Recuerdas las personas pequeñas que se comieron a aquella niña?, bueno, pues así se fue consumiendo poco a poco aquel granjero y a su vez a sus hijas que habían quedado parcialmente huérfanas sin su madre. El no apreciaba su vida, y debía irse.
-Ahora vamos con el comandante. Un hombre muy reconocido, lleno de insignias pero detrás de las mismas vida, esta historia es tan perturbadora que no te la compartiré, solo puedo decirte, que era peor que aquel espíritu que salía de aquella grieta en la pared.
Vaya, ¿así de mala era su historia? No quería ni imaginármelo, sin embargo no podía decir palabra alguna, solo le asentía con mi mirada para que continuara con su relato.
- El obispo y el cirujano, esos dos pillos que llevan más muertos encima que yo en este “incidente” en un tren, el obispo como buen representante de la iglesia sabía lo que era bueno y malo para la misma, pero se le olvido el hecho de que la justicia es divina y no debe ser tomada en manos de los hombres, por esta razón, cada vez que alguien se confesaba, y para él, su pecado merecía la muerte, era tan sencillo como llamar al médico que casi siempre, a la misma hora, se desocupaba con brevedad para ir a la capilla en donde se encontraba el obispo y le decía que debía hacer, que muerte y con qué severidad debía ejercer sobre aquellos pecadores que se burlaban de las leyes divinas. El medico tenia demasiados aparatos de tortura en la mismísima capilla, y tardaba de 10 a 15 minutos en llegar mientras el obispo distraía a la persona y de un momento a otro el medico hacía de las suyas. Poco a poco el pueblo fue disminuyendo, tanto, que todos empezaban a sospechar del obispo, quien, como “buen” representante de la iglesia, tomo el dinero destinado a caridad, y junto al médico, quienes temían que entre ellos se delataran, tomaron el día de hoy un tren dirigido a Londres, y cuya parada, fue antes de lo que ellos pensaron.
-Robert- Añadió, te cuento al respecto por que estabas cayendo en tan ruines juegos en los cuales te dejabas manejar tan fácilmente por la ira y el resentimiento, que no sabías a donde podrías parar, y ya ves, de esto nadie se salva. Sé que eres un chico bueno Robert, pero tu hora ha llegado, necesito una historia más para contarle a mis futuros chicos, cuyas enseñanzas si podrán tomar. Decidí no matarte en el incidente para tener el tiempo de contarte esto, y que supieras que nada queda oculto y que hasta a ti, un chico joven y con pocas vivencias, le puede llegar su hora.
Todo se tornó de un color oscuro, el ambiente era pesado, escuchaba gritos de desesperación que me pedían ayuda; de un momento a otro entre la oscuridad, busque a la dama de blanco, su rostro era como el de un demonio, no sabía que era ella, me hallaba en shock, qué había pasado; Se acercó a gran velocidad con las cuencas de sus ojos vacías, sus dientes en punta, y con sus manos grandes y frías. Me tomo de los hombros y abrió su enorme y escalofriante boca, empezó a desplazarse hacia arriba y me sujetaba y me llevaba cada vez más alto, llegamos hasta el techo del gran túnel, y me miro y me dijo con voz infernal.
-Todos sabrán de ti mi pequeño Robert-. Se rió con perversidad, como si disfrutara de mi expresión de miedo y de mi llanto. Al finalizar su risa, me soltó.
Desperté en el tren, en aquel vagón y junto a aquellas personas, pero a mi lado no estaba la mujer de blanco, ella había desaparecido.
En medio del caos encontré una salida de aquel vagón que había sido el lugar de descanso de mis acompañantes, de tortura para mí y por ende de alegría para la mujer de blanco, Salí de la manera más discreta que me fue posible, pero nadie notó mi ausencia, pues estaban muy ocupados maldiciendo o llorando.
Una vez afuera me dirigí hacia la boca del túnel donde vi por última vez al comandante, el granjero, el obispo, el cirujano, la mujer de blanco y los demás pasajeros de los diferentes vagones. Me paré en medio de las vías del tren y mire fijamente el túnel, yo sabía que ahí dentro estaban las personas que podían responder mis preguntas.
Estuve mucho tiempo de pie en un mismo sitio que me sorprendí yo mismo de lo mucho que aguantaron mis piernas, las que hace un momento no podían sostenerse solas ni por un segundo.
Me consumía la duda, después de todo mi madrastra tenía la razón no debí subirme en este tren, habría sido una gran decisión, pero quién me garantizaba que la mujer de blanco no me estaba esperando a mí en específico, si era así -¿Por qué yo seguía ileso?-.
Muchas cosas ya estaban claras pero había muchas otras que aun necesitaban una respuesta. Ya sabía quién era la mujer de blanco pero cuáles fueron sus propósitos al contarme esas escalofriantes historias, debía resolver esas dudas que me consumían. Pero yo seguía ahí parado como una estatua sin hacer nada.
Lo dudé por un momento, pero me armé de valor y antes de darme cuenta estaba en el interior del túnel, era escalofriante estar entre las vías. Estaba tan solitario como siempre, pero en este momento me sentía verdaderamente solo. Toda mi vida lo estuve pero en este momento, quizás, por los alaridos de las almas que aún no habían partido y gritaban y se quejaban, aún se percibían sus presencias, pero sin embargo, me sentía solo, desamparado. En la lejanía un vestido blanco empezaba a acercarse, a continuación del eco del sonido de sus tacones, era ella.
Mi cuerpo se congelo, no podía moverme, no sentía nada, mi mente estaba en blanco. ¿Qué hago aquí?, porque no obedecí a mi madrastra, maldita sea la hora en la que me subí en este tren, maldita la hora en la cual aquella mujer se sentó a mi lado y me conto tan atroces historias.
Se acercaba y se acercaba, mi corazón, a continuación de cada sonido de sus pisadas se aceleraba, cada vez más rápido, sudaba, me hallaba solo, desvanecido en un tiempo y en un espacio en el cual no era coherente nada de lo que estaba pasando. No recuerdo ni el más mínimo detalle del accidente, no recuerdo en que finalizo la mujer de blanco, solo recuerdo sus historias de rencor, envidia, ira, y eso me aterrorizaba de mayor magnitud, debido a que ella sabía que eso sentía en este momento, rencor por todas esas muertes, envidia de aquellas personas que quizás no abordaron un tren porque sus madrastras les dijeron que no lo hicieran y yo no obedecí y en este momento ellos están bien y sin tan escalofriantes historias en sus mentes, y por ultimo ira, ira de saber que aquí y ahora, me encuentro, frente a ella, con esta rabia que me consume, ¿Por qué yo?, ¿No podía ser el coronel?, ¿O el medico?, es ridículo todo lo que está sucediendo.
-Hola Robert-. Su voz, no la recordaba, vaya, que voy tan fría.
-¿Qué quiere de mí?-. Le dije, intentando que mi desesperación no se apoderara de mi tono de voz ni de mis palabras.
-Quiero contarte una historia-. Me dijo, con una leve sonrisa en su rostro.
-¡No más historias!- Grité, el eco ahuyentó cualquier otro sonido dentro del tunel.
-Una última historia quiero contarte-. Me dijo, continuando después de unos segundos con un suspiro y diciendo mi nombre. –Robert. La historia de Robert, un niño en un tren, fuera de su destino-.
Mi mente se nublo, ella sabía que no debí haber subido en él, ella sabía que mi madrastra no quería que subiera, todo estaba calculado en cuanto a ella. Aun así, por qué yo.
Por qué estaba aquí con ella, quien es y por qué esta tan interesada en contarme historias. Mis pensamientos se vieron interrumpidos por su voz.
-Robert, Robert, Robert, mi querido y pequeño Robert-. Dijo con un tono de negación.
-¿Qué hice para que me haga esto?-. Dije.
-¿Recuerdas cuantas cosas pensabas de tu madrastra, como la evadías, como te fastidiaba, como querías ir a Londres para no soportarla más?, frustre tus planes, ¿Verdad? Lo siento Robert, pero tu historia aun no comienza-. Dijo mirándome directamente al alma como si descifrara mis más oscuros sentimientos.
-Aquí estoy Robert, para hacer tú vida miserable, verdaderamente miserable, no como tu lo creías que era, simplemente por alguien que se preocupaba por ti sin medida alguna-. No podía digerir lo que me decía, quería salir corriendo pero su mirada me lo impedia.
-Recuerda al comandante, el granjero, el obispo y el cirujano. Grandes personas, ¿No es así? Pues no tanto para tu información. El granjero había sido espectador de la muerte de su esposa, asesinada brutalmente por un asesino en su pequeña granja, quien era un ex esposo de ella, pero que jamás había logrado olvidarla, y cuando se enteró de que estaba en la ciudad planeo su venganza y fue por ella y la mato, mientras el granjero estaba recogiendo la cosecha, llego a tiempo para ver como el cuerpo de su esposa yacía en el suelo junto al de el quien se había quitado la vida junto a ella, cumpliendo el “Hasta que la muerte nos separe”. Después de este suceso, el viudo granjero se convirtió en un alcohólico que lo perdió todo bebiendo, y en donde…- Se detuvo, me asuste, pensé que la había enojado el hecho de que baje por un momento mi mirada, después de mis pensamientos siguió con un suspiro que tenía un tono como de recuerdos. -¿Recuerdas las personas pequeñas que se comieron a aquella niña?, bueno, pues así se fue consumiendo poco a poco aquel granjero y a su vez a sus hijas que habían quedado parcialmente huérfanas sin su madre. El no apreciaba su vida, y debía irse.
-Ahora vamos con el comandante. Un hombre muy reconocido, lleno de insignias pero detrás de las mismas vida, esta historia es tan perturbadora que no te la compartiré, solo puedo decirte, que era peor que aquel espíritu que salía de aquella grieta en la pared.
Vaya, ¿así de mala era su historia? No quería ni imaginármelo, sin embargo no podía decir palabra alguna, solo le asentía con mi mirada para que continuara con su relato.
- El obispo y el cirujano, esos dos pillos que llevan más muertos encima que yo en este “incidente” en un tren, el obispo como buen representante de la iglesia sabía lo que era bueno y malo para la misma, pero se le olvido el hecho de que la justicia es divina y no debe ser tomada en manos de los hombres, por esta razón, cada vez que alguien se confesaba, y para él, su pecado merecía la muerte, era tan sencillo como llamar al médico que casi siempre, a la misma hora, se desocupaba con brevedad para ir a la capilla en donde se encontraba el obispo y le decía que debía hacer, que muerte y con qué severidad debía ejercer sobre aquellos pecadores que se burlaban de las leyes divinas. El medico tenia demasiados aparatos de tortura en la mismísima capilla, y tardaba de 10 a 15 minutos en llegar mientras el obispo distraía a la persona y de un momento a otro el medico hacía de las suyas. Poco a poco el pueblo fue disminuyendo, tanto, que todos empezaban a sospechar del obispo, quien, como “buen” representante de la iglesia, tomo el dinero destinado a caridad, y junto al médico, quienes temían que entre ellos se delataran, tomaron el día de hoy un tren dirigido a Londres, y cuya parada, fue antes de lo que ellos pensaron.
-Robert- Añadió, te cuento al respecto por que estabas cayendo en tan ruines juegos en los cuales te dejabas manejar tan fácilmente por la ira y el resentimiento, que no sabías a donde podrías parar, y ya ves, de esto nadie se salva. Sé que eres un chico bueno Robert, pero tu hora ha llegado, necesito una historia más para contarle a mis futuros chicos, cuyas enseñanzas si podrán tomar. Decidí no matarte en el incidente para tener el tiempo de contarte esto, y que supieras que nada queda oculto y que hasta a ti, un chico joven y con pocas vivencias, le puede llegar su hora.
Todo se tornó de un color oscuro, el ambiente era pesado, escuchaba gritos de desesperación que me pedían ayuda; de un momento a otro entre la oscuridad, busque a la dama de blanco, su rostro era como el de un demonio, no sabía que era ella, me hallaba en shock, qué había pasado; Se acercó a gran velocidad con las cuencas de sus ojos vacías, sus dientes en punta, y con sus manos grandes y frías. Me tomo de los hombros y abrió su enorme y escalofriante boca, empezó a desplazarse hacia arriba y me sujetaba y me llevaba cada vez más alto, llegamos hasta el techo del gran túnel, y me miro y me dijo con voz infernal.
-Todos sabrán de ti mi pequeño Robert-. Se rió con perversidad, como si disfrutara de mi expresión de miedo y de mi llanto. Al finalizar su risa, me soltó.
Desperté en el tren, en aquel vagón y junto a aquellas personas, pero a mi lado no estaba la mujer de blanco, ella había desaparecido.
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